M. Jesús Protasio, peregrina de corazón

«He llorado de felicidad»

15/7/2004

Enferma del corazón y medicándose desde hace 27 años y con una válvula en este órgano, ayer llegó de Santiago con las demás miembros del colectivo 'Dones operades de cáncer'

Maria Jesús Protasio Rodríguez, 58, vecina de Castellar, casada y con cuatro hijos, aún no se explica como ha podido andar de Sarria a Santiago, algo más de cien kilómetros a 15 por día, cuando en casa se agotaba a cada paso.

 

-Pero usted no es enferma de cáncer.

-No. Yo del corazón. Pero tengo una hermana que se ha curado de cáncer y quería darle gracias a Dios.

-¿Caminando más de cien kilómetros?

-Sí. Quería hacer algo muy grande y que me costara mucho esfuerzo.

-¿Penitencia?

-No, agradecimiento.

-Y eligió el Camino.

-Dios me ha puesto en él.

-Cuénteme eso.

-Una compañera del taller de manualidades me dijo que se iba a hacer el Caminocon otras enfermas de cáncer y que llevaban coche de apoyo. Eso me dio tranquilidad.

-Pero usted no está en condiciones.

-No. He tenido dolor de infarto, llevo una válvula en el corazón, tengo dolores a menudo y me han dado la incapacidad total.

-¿Su médico la dejó marchar?

-No se lo dije por si acaso. Seguro que me lo hubiera prohibido.

-¿Se medica?

-Tomo tres o cuatro por la mañana, otras al mediodía y un anticoagulante por la noche.

-¿Ha podido medicarse en el Camino?

-Claro. Llevaba las pastillas en tres o cuatro sitios distintos por si las perdía. Estoy muy limitada.

-¿Cuáles son su limitaciones?

-En casa sólo salgo a comprar el pan y, por la tarde, ayudo a mis hijas a cuidar abuelos. Pero me canso enseguida.

-¿Y qué ha pasado esta semana con su cansancio?

-No lo sé. No me lo puedo creer. Yo, caminatas así no las había hecho en mi vida.

-¿Se había entrenado?

-Nada. Si lo decidí en apenas una semana.

-Parece imposible.

-Yo creía que me iba a recoger el coche de asistencia a cada momento. Pero no me subí a él ni una sola vez.

-¿Qué le daba fuerzas?

-Verlas a ellas caminar así. Si esa señora con cáncer de mama andaba con su mochila a la espalda y sin defallecer, yo tampoco podía rendirme.

-¿El coche de apoyo no cargaba con las mochilas?

-Sólo cuando era imprescindible. Hasta el albergue todos llevábamos nuestra mochila.

-Pues pesa lo suyo.

-A mi esta mochila me ha hecho sufrir mucho. Pero era la manera de dar gracias a Dios.

-Si le dicen hace un mes que iba a andar 15 kilómetros cada dia durante seis días...

-Yo no me lo creo. Mientras andaba iba yo pensado pero Dios mío, cómo puede ser ésto.

-Dicen que iba usted llorando por el Camino.

-Tampoco es eso. En momentos concretos sí he llorado, pero de felicidad.

-Siga, siga.

-Me he sentido feliz. Muy feliz porque no sólo yo he llegado ¡Hemos llegados todos!

-¿Milagro?

-No puedo decir eso porque Dios no se va a valer de mi para esas cosas.

-¿Entonces?

-Pues que verlas a ellas hacer eso era un ejemplo para mí.

-Quizás usted era también un ejemplo para ellas

-No creo porque yo era siempre la última, iba detrás de todo.

-¿Lo más emocionate?

-El Monte del Gozo.

-¿Ha vuelto transformada?

-No. Yo soy la misma que se fue.

-Pero usted ahora sabe de lo que es capaz.

-Ella hace lo que se proponga (dice su hija que ha venido a buscarla y hoy cumple 30 años). Cualquier cosa que le haga ilusión lo hace, seguro.

-¿Repetiría?

-Ahora mismo. Pero antes iría a Fátima que es mi ilusión. En coche y protegida ¿eh?

-¿Ha habido buen rollo?

-En todo momento. Yo he visto una gente maravillosa, muy unida, que nunca se han peleado. He sentido una gran hermandad.

-¿Otras han sufrido?

-Otras y otros. Un señor de edad con cáncer de pulmón que se veía mal y tiene azúcar, ha sido un ejemplo para mi. Le ha costado mucho.

-¿Y los demás?

-Todas hemos sufrido: Mari, Joaquina, Mari Carmen, Rosi pobrecita mía que iba con la quimio puesta de hace unos días... esa asociación de mujeres es fabulosa.

-¿Dormíais y comíais bien por lo menos?

-Dormíamos en el suelo.

Muy peregrino


 

«MAS VALIENTES

Tras 18 horas en tren desde Santiago las 'Dones operades de càncer' llegaban ayer a la estación Sabadell Nord.

Entre mochilas, uñas rotas y piernas hinchadas se despedían unas a otras y de sus acompañantes con lágrimas en los ojos.

No eran abrazos de compromiso, sino de sentida hermandad. El peregrinaje las ha unido, las situaciones límite y los malos ratos, más que los buenos, las ha demostrado lo que valen.

Hoy, todas son más valientes.