Manuel Moya, atacado por un jabalí
«Al llegar al hospital tuve miedo
y me puse a llorar»
18-10-2006

SCuando un jabalí te da ocho mordiscos en todo el cuerpo, te zarandea sin soltarte, te golpea con la testa, te arrastra varios metros por el suelo, pugna por clavarte los colmillos y te embiste tres veces... simplemente no lo olvidas.
Es lo que le pasó este domingo al masovero de Can Torrent, en Castellar del Vallès muy cerca de Togores en Sabadell, Manuel Moya Fernández, 60. Ayer, todavía en Urgencias del Taulí, le abrían con sierra eléctrica dos boquetes en el yeso, para curarle las profundas heridas de pantorrilla y muslo.

Manuel Moya, atacado por un jabalí
—¿Y dice que le mordió ocho veces?
—Mire, (se levanta las sábanas), tengo dos bocados en esta pierna tan profundos que me han puesto grapas en vez de puntos.
—Uf!
—Dos más en la otra pierna. Uno en la ingle, mire, mire. Otro en la mano izquierda, otro en el mismo brazo y otro en la espalda.
—¿Y esas señales en la cara?
—Me iba dando golpes con su cara en la mía y mientras me mordía me zaleaba así, como un perro, de un lado al otro, para desgarrarme la carne.
—¿Por qué no corrió?
—No pude. Yo estaba de espaldas cogiendo leña cuando sentí un golpe en la espalda muy fuerte. Pensé que era un coche.
—¿Le tumbó?
—Claro, me fui al suelo y fue cuando empezó a pegarme bocados.
—¿No podía defenderse?
—Le agarré por el cuello para que no me clavara los colmillos en la cara. Unos colmillos así de grandes.
—¿Usted no le había amenazado?
—Qué va. De repente salió de un barranco que hay allí y me embistió como un coche.
—¿Iba herido?
—Sí. Cojeaba de la mano izquierda. Estaba muy nervioso, como loco.
—¿Herido de bala?
—No creo porque no salía sangre. Por allí había cazadores de conejos, pero no le dispararon. Quizás le asustaron.
—¿Qué hizo el jabalí?
—Cuando le tenía agarrado por el cuello me arrastró unos tres metros y se fue. Pero volvió enseguida.
—¿Le atacó de nuevo?
—Sí. No me dio tiempo ni a levantarme. Cuando le vi venir, puse los pies así para protegerme, pero me mordía una y otra vez. Hasta que se alejó otra vez.
—¿Se acabó el ataque?
—Que va. Volvió a mi por tercera vez. Y esa vez ya vino corriendo a mucha más velocidad.
—¿Qué hizo usted?
—Yo sólo gritaba a mi mujer para que no bajara por allí. ¡Milagros, Milagros! ¡Suelta los mastines!.
—¿No le oía?
—No. Cuando le vi venir otra vez pensé madre mía, éste viene a clavarme los colmillos en la barriga y me va a matar. Puse los dos pies contra él y le di en toda la frente, pero me rompí un hueso de la rodilla.
—¿También tiene la rodilla rota?
—Claro. Por eso me han puesto yeso en toda la pierna. Le frené con el pie, pero el impacto fue tan duro que me rompió la rodilla y me revolcó por el suelo. Esta rodilla aún me la tienen que operar.
—¿Era grande?
—Pesaría por lo menos 100 kilos. Y tenía unos colmillos así de grandes. Y afilados. Era un marrano muy grande. Muy grande.
—¿Cómo se salvó de la tercera embestida?
—Mi perrillo, que es muy pequeño de apenas 8 kilos, salió a defenderme ladrando contra él. Creo que le mordió una pata.
—¿Lo ahuyentó?
—Sí porque el marrano se fue. Pero a mí ya se me nubló la vista y me dejé ir.
—¿Perdió el conocimiento?
—Estuve a punto, pero no lo perdí del todo. Y ya vino mi mujer que cuando me vio en el suelo con aquel charco de sangre avisó al jefe, el señor Salvador, y me llevaron al hospital.
—¿No avisaron a la ambulancia?
—Sí. Y al cabo de un tiempo llegaron ambulancia y hasta bomberos. Pero como a veces se pierden por aquellos caminos, el jefe me llevó en su coche para no perder tiempo.
—¿Desde cuando los jabalíes atacan a las personas?
—Nunca. Ni se acercan tanto a una casa. Yo estoy cansado de verles, hacerles ¡uh! y que se vayan asustados. Pero éste venía herido y nervioso.
—¿Sigue siendo un peligro para los buscadores de setas?
—Claro, pero esos bichos caminan mucho. Han salido a buscarlo, pero igual anda ya por Vic. Y el miércoles (hoy) saldrán otra vez.
—¿Odia ahora a los jabalíes?
—No. Eso fue mala suerte. Uno que se volvió loco. Y la mala suerte de que en ese momento no pasara nadie por allí. Luego vino uno que hacía footing y los cazadores me hicieron un torniquete. Pero ya había pasado todo.
Bienvenido al mundo de los vivos
EL DIA DESPUÉS
«No tuve miedo hasta llegar al hospital y recapacitar. Pensé que podía haber muerto yo o mi mujer, que estuvo a puto de bajar a ese lugar».
Así explica sus emociones este ex-trabajador textil de Gobernador (Granada) reciclado a su verdadera vocación el campo, como masovero.
«Ya en el hospital, después de cogerme el miedo me puse a llorar porque no sé yo si volveré a caminar. Y por todo el faenón que hay ahora en el campo y con los animales... ¿quién va a hacerlo?»