Cecilio Olivero: publicar por internet
«Chateamos once horas al día
durante un año y medio»
1-12-2006

El vecino de Torre-romeu, antes de Cifuentes, Cecilio Olivero Muñoz, 32, lo hace todo por internet. Conoció por internet a una peruana que hoy es su mujer y publica y edita sus libros por internet.
La web www.lulu.com le ha publicado ya entre otros títulos, Cibernética esperanza, una colección de romances por internet basadas en casos reales.

Cecilio Olivero: publicar por internet
—Cuénteme primero su historia de amor.
—Conocí a Erika en febrero del 2002. Chateaba para no sentirme tan solo y apareció ella.
—¿Como nace un amor por pantalla y teclado?
—Empezamos hablando una hora, luego dos y al final hablábamos once horas cada día.
—¿¡Once!?
—O diez o doce. Sólo parábamos para comer. Un día hicimos maratón de 18 horas.
—Pero eso es obsesión.
—Todo amor es obsesión. Como yo no trabajo, dormía todo el día, me levantaba a las 7 de la tarde y me conectaba con El Callao.
—¿Ella tampoco trabajaba?
—Era camarera de cafetería en un colegio, pero le empecé a mandar dinero y dejó de trabajar para poder hablar conmigo.
—¿Qué le sedujo a ella de usted?
—(Responde Erika) Tiene muy buenos sentimientos. Siempre se preocupaba de que yo estuviera bien y no me faltara de nada. Aqui trabajo en el Viena de Terrassa. De cocinera.
—¿Y a usted qué le sedujo de ella?
—(Él) Su bondad, su sencillez...
—Pero en internet todo puede ser mentira.
—Eso ya lo sabemos. Pero nos conocimos mucho. Hablábamos por teléfono, por voz, nos veíamos por webcam. No podía ser falso.
—¿Llegásteis al juego erótico por internet?
—Algo hubo. Enséñame esto por webcam que yo te enseño aquello. Así me gusta más, mira qué bien así...
—¿Excitante?
—Mucho. Funciona bastante (ríen los dos). Pero yo tenía el ordenador en el comedor de casa de mis pades y ella en un cibercafé. Así que sólo cuando lo cerraban y se quedaba ella sola dentro del ciber podíamos hacer algo.
—¿Le ocultó su enfermedad?
—No. A los seis meses de ir en serio se lo dije. Ella investigó por internet mi enfermedad y me aceptó.
—Así sin más.
—Bueno. Mi futura suegra tomó antes el avión y vino a España a conocerme. Hizo de suegra (sonríe) y quería controlar con quien salía su hija.
—¿Mereció su aprobación?
—Sí.
—Y os casásteis.
—El 30 de enero del 2004. Yo llegué a El Callao el 9 de enero y conviví con ella en un piso durante 21 días.
—Para conocerla antes, claro.
—No es eso porque yo prácticamente ya había convivido con ella por internet. No necesitaba saber más ni asegurarme de nada.
—Pero hombre, están las caricias, el olor...
—La confianza ya era absoluta. Nada mas vernos ya hubo complicidad en las miradas. Ya sabíamos lo que el otro iba a decir sólo con mirarnos a los ojos. Igual que hacíamos con la webcam que nos sonreíamos al mismo tiempo.
—Alguna cosa le sorprendería cuando la tuvo delante.
—Sí, pero todo para bien. Cocina mejor aún de lo que decía por chat. Y como persona es todavía mejor.
—¿Cómo fue la boda?
—En la embajada española de Lima. Antes nos hicieron una entrevista por separado para asegurarse que no era un matrimonio por interés. Los funcionarios se quedaron parados de cómo coincidimos en todo. Claro, llevábamos un año y medio chateando once horas al día.
—¿Había tenido antes otras novias?
—Sí.
—¿Y?
—Mal. Muy mal. No cuajó nada.
—¿Y ella?
—Ella estuvo casada y tiene una hija de 14 años que acaba de llegar aqui para vivir con nosotros.
—Y ahora usted ha escrito su historia de amor y otras igualmente reales de ciberamigos y la ha publicado en www.lulu.com.
—Sí, puedes bajarte todo el relato de Cibernética esperanza por 3’02 euros o te lo envían a casa con papel y tapa dura por 16’20.
—¿Una editorial virtual?
—Una editorial real pero on demand.
—¿Qué significa on demand?
—Que si solicitan mi libro 500 personas, me asignan un número de ISBN y lo distribuyen ellos mismos por las librerías que yo les diga.
—¿Se considera usted escitor?
—Y poeta. Sólo en la escritura puedo desahogar toda la pureza de mi ser y toda mi personalidad. Mi médico me dice que lo haga pues me sirve de terapia.
Pues salud

YO NO SOY TONTO
L a gente se piensa que soy tonto, dice con modestia Cecilio Olivero, pero no lo soy».
Ciertamente su transtorno esquizofreniforme le da un aire de persona aparte. No pudo trabajar ni en una tienda de piensos ni en U.H., tiene la baja permanente por enfermedad mental, oye voces y, en ocasiones, se siente acosado.
Pero quienes le conocen bien se sorpenden de su memoria extraordinaria, sus documentados razonamientos sobre política nacional o internacional, sus opiniones sobre economía avanzada, su buen estilo literario y su trato entrañable y humano con todo el mundo.