Antonio Hernández, tres veces muerto
««Tuve la muerte cerca y me gustó»
26-4-2008

Haber sufrido tres paros cardíacos o, lo que es lo mismo, haber estado clínicamente muerto tres veces en su vida (a los 2, 18 y 30 años), sufrir violentos terrores nocturnos toda la vida y pasar una fuerte depresión le han quitado totalmente, al vecino de la Creu, fresador de profesión y padre de dos, Antonio Hernández Salguero, 43, el miedo a la muerte.

Antonio Hernández, tres veces muerto
—¿Cuál fue la primera vez que murió?
—A los 2 años, en una playa de la Costa Brava. Me escurrí entre el flotador y cuando ya me ahogaba, una señora me agarró de los pelos y me sacó del agua sin respiración.
—¿Se le paró el corazón?
—Eso me han contado. Mi madre dice que de allí me sacaron muerto.Pero alguien consiguió reanimarme.
—Segunda muerte.
—A los 18 años. Era novato con la moto y en una esquina de la avenida Joaquín Blume un coche me lanzó a 10 metros de altura. En la caída quedé hecho polvo.
—¿Qué recuerda?
—Tuve esa experiencia que cuenta la gente y se ve en el cine.
—¿Vio su cuerpo desde fuera tumbado en el asfalto?
—Eso no. Pero vi toda la película de mi vida en apenas un segundo y luego una luz muy potente.
—Empecemos por la película.
—No eran foto fijas, sino en movimiento, como en blanco y negro y sin sonido. Iban pasando a toda velocidad los momentos más importantes de mi infancia.
—¿Desagradables?
—No. Todo muy placentero. Justo lo contrario de mis terrores nocturnos. Tenía la sensación de que alguien me acompañaba pero no veía su cara.
—¿Y luego?
—Se acabó la película y quedé en una gran oscuridad con un foco de luz blanca al fondo. Yo me acercaba con ganas a esa luz.
—¿Con miedo?
—No. Yo estaba muy a gusto ¿sabes cuando te tumbas cansado en el sofá y dices por fin, éste es mi momento? Pues esa sensación. Pero de repente me despierto en el quirófano y veo una doctora operándome la rodilla.
—¿Se le paró también ahí el corazón?
—Uno de los ambulancieros me contó que me encontraron tapado con una manta, cabeza y todo, porque los testigos del accidente no me hallaron el pulso y me daban por muerto.
—Pero resucitó para volver a morir 22 años más tarde.
—Eso fue en el lavabo de casa. Se me había reventado una úlcera, vomitaba sangre y al desmayarme me golpeé. Ingresé en el hospital con paro cardíaco y me inyectaron adrenalina.
—¿Sin experiencia sobrenatural?
—No. Ahí ya no pasó nada raro. Que yo recuerde.
—¿Y los terrores nocturnos?
—He estado 30 años prácticamente sin dormir. Cada noche, soñaba que me mataban con pistola, espada, puñal, a golpes...
—Auténtica pesadilla.
—Y al levantarme tenía una marca en la zona del cuerpo donde me habían dado o apuñalado. Los psicólogos ya le dan a eso un nombre que ahora no recuerdo.
—¿Se despertaba al morir?
—El problema es que, para defenderme, me levantaba de la cama y hacía cosas estando dormido: golpeaba a mi mujer, arrancaba las cortinas, tiraba la mesita de noche y rompía cosas.
—Me asusta.
—Una vez, de camping, oí el ruido de un coche al lado de la tienda, soñé que iba a atropellarnos y cogí a mi mujer por la muñeca para salvarla. Pero al intentar salir no encontré la puerta y tiré toda la tienda por el suelo. Desperté a todo el camping (ríe).
—Pues sí que la lía por las noches.
—Lo paso muy mal. Nadie sabe lo que he llegado a sufrir en las noche de toda mi vida. De joven mis amigos ya no querían dormir en la misma habitación que yo. Les hacía daño.
—¿Y su mujer?
—Es más comprensiva. Pero una vez cogí a mi hijo en brazos y salí corriendo de una roulotte porque soñaba que le querían hacer daño. Desde hace diez años tomo un miligramo de Trankimazín cada noche y duermo mejor.
—¿Ya no tiene terrores nocturnos?
—Muchos menos. Pero no puedo bajar de esa dosis.
—¿Qué dicen los médicos?
—Durante cinco años, muchos psicólogos me hicieron pruebas de sueño en el Vall de Hebrón, terapias de grupo y exámenes psicotécnicos que siempre me daban mucha inteligencia pero nada más. Hablan de un posible trauma infantil por aquel ahogo en el mar. Pero nada concluyente.
—¿Ha pensado acudir al espiritualismo?
—No. De joven haciendo ouija con unos amigos, nos cayó encima un mueble de comedor de 200 kilos y un chica enfermó hasta casi morir. Primera y última vez con la ouija.
—¿No le molesta hablar de esto sabiendo que se va a publicar?
—Para nada. Al revés, gracias a haber hablado, esta noche dormiré mejor.
Buenas noches y buena suerte
demasiado poco miedo
Dice mi madre que después de morirme tantas veces, seguro que ya no me muero de accidente sino de viejo», matiza Hernández.
El caso es que, después de la depresión que sufrió a los 30 años, le ha perdido tanto el miedo a la muerte que siempre es el que más arriesga con la moto, practica deportes de aventura y se mete en todos los fregados, cuanto más peligrosos mejor, como coqueteando con la muerte.
«Como la tuve cerca y me gustó, parece como si la estuviera buscando», dice sorprendido de sí mismo.