Eduardo L.Aranguren, hijo

"Mi padre aún está muy presente en mi vida"




Eduardo L.Aranguren estuvo ayer en Fundació Caixa de Sabadell.

Cuando dijo lo del GAL recibió ataques foribundos de la prensa, pero también un gran apoyo popular.

El sociólogo Eduardo López Aranguren abrió ayer el ciclo "Per una cultura democràtica", que organiza la Fundació Caixa de Sabadell en homenaje a su padre, la inevitable referencia intelectual de la cultura contemporánea española, José Luis López Aranguren.
-López Aranguren, sin guión, sólo es su primer apellido.
-Yo me llamé López Quiñones hasta los 13 años, cuando mi padre unió sus dos primeros apellidos.
-¿Le avergonzaba a su padre el López que siempre ocultó tras la ele punto?
-No era vergüenza. Es sólo que la gente siempre omite el López y empezaban a hablar de él como Aranguren y de nosotros, sus hijos, como los Quiñones. Para identificar más a sus hijos con él decidió unir los dos apellidos.
-¿Llevar ese apellido es un abre-puertas, un chollo, una cruz, un orgullo...?
-Todo eso a la vez. En el mundo intelectual y académico abre puertas. No sé si es un chollo. Más que una cruz, es un peso. Y, desde luego, es un orgullo.
-Su padre tenía un amigo en Sabadell, el director de la escuela textil Ramon Folch.
-Lo sé. Mi padre hablaba mucho de él porque le invitaba cada año a inaguarar un curso de la escuela. Siempre sintió un gran cariño por él y una gran simpatía por Sabadell. Como por todos los catalanes. Y era recíproco. El siempre decía: "los catalanes me quieren mucho".
-Los pensadores tienden a la tristeza. ¿En casa era un hombre alegre?
-No. Era un hombre serio. Muy centrado en sus propias ideas y pensamientos, poco hablador... pero tampoco diría que triste.
-¿Le dio algún cachete?
-A mi no porque yo era un buen niño, pero a mi hermano mayor, que era un poco díscolo, sí.
-¿De lo que debemos deducir que dar cachetes es ético?
-Pues... no lo sé.
-Es la gran polémica en la escuela británica y si un maestro de la ética daba cachetes será que es correcto.
-Bueno, habría que distinguir entre el castigo físico sistemático y el cachete esporádico. Mi padre sólo se apuntaba a lo segundo, que yo creo aceptable.
-¿Era de esos padres ausentes a los que se ve poco?
-Sí. Yo le veía físicamente, pero no había tanto contacto como el que podría haber habido. La relación paterno-filial era un poco escasa. Y no hablo tanto de mi caso, porque yo me fui de joven. Pero he oído mucho a mis hermanos sobre ello.
-¿Se lo reprocharon?
-Abiertamente, nunca.Se quejaban, pero entre ellos.
-En psicología se habla de "matar al padre" como la manera de quitarse de encima esa figura inconscientemente represora y encontrarse a uno mismo. ¿A qué edad "mato" usted a su padre?
-No sé si ni yo ni mis hermanos hemos llegado a superar eso. Creo que cada uno de nosotros aún lleva a su manera eso que usted llamaba "una cruz". Unos mejor y otros peor. Para mí, desde luego, aún está muy presente en mi vida. Y, con franqueza, actos como éste de hoy aún ayudan más a recordarle.
-En la última etapa de su vida habló del GAL como "legítima defensa", lo que le acarreó un clamoroso chorreo de intelectuales y políticos. ¿Eso le sumió en una pequeña depresión tal como se dijo?
-No. porque, aunque en la prensa recibió ataques foribundos, también recibió un gran apoyo popular. Muchos le felicitaron por teléfono. De todas formas, ésa empezó a se una época dificil para él. Yo Convivía con él en esa época y puedo afirmar que sus facultades estaban disminuyendo. Yo creo que unos años antes él no hubiera dicho aquello o, por lo menos, no lo hubiera expresado de esa forma.
-Se ha dicho que su valentía, sobre todo en el franquismo, se la daba el pertenecer a una familia de banqueros.
-Ciertamente, era una familia acomodada, pero yo creo que su valentía hubiera sido la misma sin dinero. Jamás pensó en términos materiales.
-¿Se amaba en sí mismo?
-Tenía una gran seguridad en lo que decía y hablaba. Si, se sentía bien consigo mismo.
-No quiero desperdiciar la oportunidad de hablar también con el sociólogo Eduardo L. Aranguren. En estos momentos, en EEUU se está votando. ¿Qué legitimidad tiene una democrácia como la americana con una abstención de casi un 50 por ciento?
-La gente que no vota no cuestiona el sistema. Si no votan es, precisamente, porque se sienten cómodos con el sistema y piensan que puede seguir funcionando sin tener que participar directamente. Los americanos, desde muy niños, aprenden en la escuela que su democracia es la que más tiempo ha existido en el mundo ininterrumpidamente. Y todos están orgullosísimos de ello.
-¿La victoria de Clinton será una alegría para usted?
-Hombre, es mejor que Dole; pero, vaya, sólo una alegría relativa.
-Fifty fifty.