DOCUMENTOS
1. La Jornada Misionera Mundial constituye cada año para la Iglesia una preciosa ocasión para reflexionar sobre su naturaleza misionera. Recordando siempre el mandato de Cristo: "Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt 28,19), la Iglesia es consciente de ser llamada a anunciar a los hombres de todo tiempo y lugar el amor del único Padre que, en Jesucristo, quiere reunir a sus hijos dispersos (cf. Jn 11,52). En este último año del siglo que nos prepara al Gran Jubileo del 2000, es fuerte la invitación a alzar la mirada y el corazón hacia el Padre, para conocerlo "tal como El es, y tal como el Hijo nos lo ha revelado" (Catecismo de la Iglesia Católica -- CIC--, 2779). Leyendo bajo esta óptica el "Padre nuestro", oración que el mismo Maestro Divino nos enseñó, podemos comprender más fácilmente cuál es la fuente del empeño apostólico de la Iglesia y cuáles las motivaciones fundamentales que la hacen misionera "hasta los extremos confines de la tierra". Padre nuestro que estás en el cielo En el mundo contemporáneo, sin embargo, muchos no reconocen aún al Dios de Jesucristo como Creador y Padre. Algunos, a veces también por culpa de los creyentes, han optado por la indiferencia y el ateísmo; otros, cultivando una vaga religiosidad, se han construido un Dios a su propia imagen y semejanza; otros lo consideran un ser totalmente inalcanzable. Cometido de los creyentes es proclamar y testimoniar que, aunque "habita en una luz inaccesible" (1 Tim 6,16), el Padre celeste en su Hijo, encarnado en el seno de María Virgen, muerto y resucitado, se ha acercado a cada hombre y le hace capaz "de responderle, de conocerlo y de amarlo" (cf. CIC 52). Santificado sea tu nombre El cristiano pide a Dios que sea santificado en sus hijos de adopción, así como también en todos los que no han sido alcanzados por su revelación, consciente de que es mediante la santidad que Él salva a la creación entera. Para que el nombre de Dios sea santificado en las Naciones, la Iglesia trabaja para insertar a la humanidad y a la creación en el designio que el Creador, "en su benevolencia, se propuso de antemano", "para ser santos e inmaculados en su presencia en la caridad" (cf. Ef 1,9.4). Venga a nosotros tu reino, hágase
tu voluntad En la cultura moderna se ha difundido un sentido de espera de una era nueva de paz, bienestar, solidaridad, respeto de los derechos, amor universal. Iluminada por el Espíritu, la Iglesia anuncia que este reino de justicia, de paz y de amor, ya proclamado en el Evangelio, se realiza misteriosamente en el curso de los siglos gracias a personas, familias y comunidades que optan por vivir de modo radical las enseñanzas de Cristo, según el espíritu de las Bienaventuranzas. Mediante su empeño, la misma sociedad temporal es estimulada a dirigirse hacia metas de mayor justicia y solidaridad. La Iglesia proclama también que la voluntad del Padre es "que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad" (1 Tim 2,4) mediante la adhesión a Cristo, cuyo mandamiento, "que resume todos los demás y que nos manifiesta toda su voluntad, es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha amado" (CIC 2822). Jesús nos invita a orar por esto y nos enseña que se entra en el Reino de los cielos no diciendo "Señor, Señor", sino haciendo "la voluntad de su Padre que está en el cielo" (Mt 7,21). Danos hoy nuestro pan de cada día ¿Cuál es el cometido de los cristianos frente a tales escenarios dramáticos? ¿Qué relación tiene la fe en el Dios vivo y verdadero con la solución de los problemas que atormentan a la humanidad? Como escribí en la "Redemptoris missio", "el desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del dinero, ni de las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no el dinero ni la técnica. La Iglesia educa las conciencias revelando a los pueblos el Dios que buscan, pero que no conocen; la grandeza del hombre creado a imagen de Dios y amado por él; la igualdad de todos los hombres como hijos de Dios..." (n. 58). Anunciando que los hombres son hijos del mismo Padre, y por consiguiente hermanos, la Iglesia ofrece su contribución a la construcción de un mundo caracterizado por la fraternidad auténtica. La comunidad cristiana está llamada a cooperar en el desarrollo y la paz con obras de promoción humana, con instituciones de educación y de formación al servicio de los jóvenes, con la constante denuncia de las opresiones e injusticias de todo tipo. La aportación específica de la Iglesia es, sin embargo, el anuncio del Evangelio, la formación cristiana de cada persona, de las familias, de las comunidades, siendo ella muy consciente de que su misión "no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste esencialmente en ofrecer a los pueblos no un "tener más", sino un "ser más", despertando las conciencias con el Evangelio. El desarrollo humano auténtico debe echar sus raíces en una evangelización cada vez más profunda" (ibidem, n. 58). Perdona nuestras ofensas La actividad misionera no puede no llevar a individuos y pueblos el gozoso anuncio de la bondad misericordiosa del Señor. El Padre que está en el cielo, como demuestra claramente la parábola del hijo pródigo, es bueno y perdona al pecador arrepentido, olvida la culpa y restituye serenidad y paz. He aquí el auténtico rostro de Dios, Padre lleno de amor, que da fuerza para vencer el mal con el bien y hace capaz a quien recambia su amor de contribuir a la redención del mundo. Como nosotros perdonamos a los que nos
ofenden De frente a las terribles y múltiples consecuencias del pecado, los creyentes tienen el cometido de ofrecer signos de perdón y de amor. Sólo si en su vida han experimentado ya el amor de Dios pueden ser capaces de amar a los demás de manera generosa y transparente. El perdón es alta expresión de la caridad divina, dada en don a quien la pide con insistencia. No nos dejes caer en tentación,
mas líbranos del mal Conscientes de ser llamados a llevar el anuncio de la salvación a un mundo dominado por el pecado y por el Maligno, los cristianos son invitados a encomendarse a Dios, pidiéndole que la victoria sobre el Príncipe del mundo (cf. Jn 14,30), conquistada una vez para siempre por Cristo, sea experiencia cotidiana de su vida. En contextos sociales fuertemente dominados por lógicas de poder y de violencia, la misión de la Iglesia es testimoniar el amor de Dios y la fuerza del Evangelio, que rompen el odio y la violencia, el egoísmo y la indiferencia. El Espíritu de Pentecostés renueva al pueblo cristiano, rescatado por la sangre de Cristo. Esta pequeña grey es enviada por doquier, pobre de medios humanos pero libre de condicionamientos, cual fermento de una nueva humanidad. Conclusiones finales Para que esto se verifique es necesario una oración incesante que alimente el deseo de llevar a Cristo a todos los hombres. Es necesario el ofrecimiento del propio sufrimiento, en unión con el del Salvador. Se necesita asimismo empeño personal en sostener a los organismos de cooperación misionera. Entre éstos, exhorto a tener en particular consideración a las Obras Misionales Pontificias, que tienen el cometido de solicitar oraciones por las misiones, promover su causa y procurar los medios para su actividad de evangelización. Ellas trabajan en estrecha colaboración con la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, que coordina el esfuerzo misionero en unidad de intentos con las Iglesias particulares y con las varias Instituciones misioneras presentes en la entera Comunidad eclesial. El próximo 24 de octubre celebramos
la última Jornada Misionera Mundial de un milenio, en
el que la obra evangelizadora de la Iglesia ha producido frutos
verdaderamente extraordinarios. Damos gracias al Señor
por el Todos los que trabajan en las vanguardias de la Iglesia son como centinelas en las murallas de la Ciudad de Dios, a los que preguntamos: "Centinela, ¿qué hay de la noche? (Is 21,11), recibiendo la respuesta: "¡Una voz! Tus vigías alzan la voz, a una dan gritos de júbilo, porque con sus propios ojos ven el retorno de Yahvéh a Sión" (Is 52,8). Su testimonio generoso en cada ángulo de tierra anuncia que, "en la proximidad del tercer milenio de la Redención, Dios está preparando una gran primavera cristiana, de la que ya se vislumbra su comienzo" ("Redemptoris Missio", n. 86). María, la "Estrella Matutina", nos ayude a repetir con ardor siempre nuevo el "Fiat" al designio de salvación del Padre, para que todos los pueblos y todas las lenguas puedan ver su gloria (cfr Is 66,18). Con tales auspicios, envío de corazón a los misioneros y a todos lo que promueven la causa misionera una especial Bendición Apostólica. En el Vaticano, 23 de mayo de 1999, Solemnidad de Pentecostés. Juan Pablo II |