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Peter Gumpel rebate las afirmaciones del libro de John Cornwell
ROMA, 6 oct (ZENIT).- El jesuita Peter Gumpel es, sin duda alguna, uno de los grandes historiadores mundialmente reconocidos en materia de relaciones Iglesia-Estado, en Alemania, en este siglo. Por este motivo, la Santa Sede ha pedido a este hombre, cuya familia y él mismo fueron perseguidos por Hitler teniendo que emprender el camino del exilio, que se encargue de la postulación de la causa de beatificación de Pío XII. Gumpel ha enviado a Zenit un documento de su puño y letra en el que responde una por una a las acusaciones que lanza el libro del periodista británico John Cornwell, «El Papa de Hitler», que aparecerá en los próximos días en las librerías de Estados Unidos. Por su interés, reproducimos integralmente la traducción de este interesante documento histórico, decisivo para comprender dos décadas decisivas para la historia de la Iglesia y de Alemania en este siglo. La portada del libro de John Cornwell representa al arzobispo Pacelli saliendo de un edificio del gobierno alemán, escoltado por dos soldados. Esta visita oficial, del entonces nuncio, tuvo lugar antes de 1929, es decir, cuatro años antes de que Hitler llegara al poder (30 de enero de 1933). Como Pacelli salió de Alemania en 1929 y nunca regresó, el uso de esta fotografía es engañoso y tendencioso. Repetidas veces se publicaron protestas contra esta foto que se utiliza de manera sucia. Una portada así en un libro revela ya en un primer momento la intención de denigrar al futuro Pío XII. Al inicio del libro se publica una lista de archivos que Cornwell dice haber consultado. Esta lista es demasiado breve para un libro que pretende ser de carácter histórico. Se trata de archivos alemanes, italianos, estadounidenses, de las Actas de los Procesos de Nuremberg, etc. Además, no agota la información de los archivos consultados. La mayoría de las fuentes que que cita Cornwell son secundarias y sus opciones han sido sumamente selectivas. Cornwell profundiza en la situación de la Iglesia católica en Alemania, pero nunca menciona la obra maestra del doctor Heinz Hirten, un libro sumamente documentado y serio, que enfoca la situación de los católicos alemanes entre 1918-1945. Además, otras obras conocidas y reconocidas sobre este tema son ignoradas por el autor. La primera parte del libro de Cornwell es muy débil. En lugar de documentación sólida, ofrece una serie de conjeturas, hipótesis e insinuaciones innecesarias. Cornwell dedica mucho espacio a los Concordatos, ignorando totalmente el primer objetivo de éstos que es pastoral, y sugiriendo y afirmando constantemente que el único propósito de la Santa Sede con ellos es consolidar su poder y, en particular, asegurarse el derecho de nombrar obispos a su gusto. Cornwell no menciona abusos tales como el Josefinismo, popular en Austria y hasta cierto punto en Baviera. Cornwell habla del modernismo sin aludir a sus auténticos peligros (Loisy, Tyrrell), prefiere concentrarse en la caza de brujas que en realidad no ocurrió. Sin embargo, no ofrece un hilo de evidencia de que Pacelli participara en ésta. Si bien no afirma que Pacelli participó en este lamentable episodio, Cornwell insinúa que vivió en ese ambiente durante su juventud. El Concordato serbio Pacelli, nuncio apostólico
en Baviera (1917) y Alemania (1920-1929). Pacelli y Hitler El Concordato con la Alemania nazi En el proceso de Nuremberg, el Ministro de Relaciones Exteriores, Joachim v. Ribbentrop, reconoció que cuando fue Secretario de Estado, Pacelli envió muchísimas protestas por infracciones del Concordato pero que casi siempre fueron ignoradas. Finalmente, en 1937, se publicó la carta encíclica «Mit brennender Sorge» --con «ardiente» preocupación y no «con gran aprecio» como mal traduce Cornwell--. El gran redactor de esta ardiente protesta fue Pacelli. Cornwell también minimiza o más bien omite totalmente la dura condena del nazismo hecha por Pacelli en Lourdes, Lisieux, París y Budapest, donde estuvo como Legado Papal. Aunque es cierto que no mencionó el nombre de Hitler ni usó la palabra nazismo, todos comprendieron a quienes se dirigían estas condenas. Si Cornwell hubiera hecho un esfuerzo serio para comprobar esto --una lectura de revistas y periódicos de EE. UU., Inglaterra, Francia, Holanda, etc.--, podría haberse dado cuenta, por no mencionar las publicaciones nazis que, en todo su libro, Cornwell simplemente descuida y totalmente minusvalora. También se debe notar que cada declaración de esta naturaleza agravaba la situación de los católicos en Alemania (como ocurrió más tarde en los países ocupados por los nazis). Pío XII, Papa Pío XII y los países
ocupados Cornwell y los obispos alemanes Pio XII y el estatuto de imparcialidad -- tradicional con la Santa Sede. Ambos lados en la Segunda Guerra Mundial ejercieron presión sobre Pío XII para que declarara una «cruzada»: los adversarios de Hitler querían que el Papa declarara una cruzada contra el nazismo; Hitler ejerció presión sobre él para que declarara una cruzada contra el bolchevismo. Ambas pretensiones eran absurdas, considerando que el bolchevismo había cometido, y seguía cometiendo, numerosos crímenes, y que perseguían toda clase de religión; lo mismo se podía decir de los nazis (con la excepción de aquéllos protestantes que apoyaban enérgicamente a Hitler). Pío XII y los judíos A mi juicio, una protesta pública no hubiera salvado la vida de un solo judío. Sólo hubiera agravado la persecución de judíos y católicos. Por otra parte, hubiera impedido o hecho prácticamente imposible la difundida acción silenciosa para ayudar a judíos en todo lo posible. Es bien conocido que ninguna organización ha salvado tantos judíos como la Iglesia católica, y esto por orden oficial de Pío XII. Él sabía muy bien, y está documentado que este «silencio» --que en realidad no fue «silencio» para aquellos que realmente querían oír y comprender--, podría serle reprochado un buen día. Pero no estaba preocupado por su reputación, quería salvar la vida de judíos --la única decisión justa--, que sin duda exigía sabiduría y muchísimo coraje. Cornwell simplemente no ha comprendido esto. No hace justicia a los hechos cuando, en plan de despreciar a Pinchas E. Lapide, quien elogió a Pío XII, le atribuye motivos interesados sin dar un vestigio de evidencia. Cornwell tampoco se ha preguntado nunca porqué el proyecto de acorralar a 8.000 judíos romanos fue repentinamente interrumpido después que unos 1.000 judíos romanos fueron capturados en octubre de 1943. Totalmente mal interpreta la entrevista que tuvo el Secretario de Estado Maglione inmediatamente después con el embajador alemán von Weizsacker, llamado urgentemente por el Vaticano, en nombre de Pío XII. Weizsacker desempeñó un papel ambiguo. Temiendo que una protesta formal de la Santa Sede hubiera enfurecido a Hitler, dio una impresión demasiado suave sobre la actitud que adoptó la Santa Sede; esto se reveló con toda claridad en el proceso de Nuremberg, que Cornwell totalmente ignora. Pero hay mucho más. Por orden de Pío XII, se entabló contacto con el comandante militar alemán en Roma, el general de brigada Rainer Stahel, un oficial austríaco de la antigua escuela. Este hombre, muy humano, envió un fonograma directamente a Himmler. Su razón: «este tipo de acción violenta contra los judíos italianos altera mis planes militares para reforzar las divisiones alemanas de combate al sur de Roma, y también puede crear problemas serios aquí en Roma». Ésta era una razón verdadera, pero no menos importante era esta otra: su indignación por los actos criminales de la Gestapo y su compasión por los judíos. Su intervención tuvo éxito. Himmler inmediatamente ordenó detener las deportaciones. De esta manera, miles de judíos podrían ser escondidos, por orden de Pío XII, en el Vaticano y en más de 150 instituciones eclesiásticas en Roma. De todo esto, por supuesto, no habla Cornwell. Se ha demostrado que Pío XII no podía hacer nada ante las represalias con motivo del asesinato por parte de los «partisanos» (de la resistencia italiana ) de 33 policías alemanes, y no tiroleses. La represalia se llevó a cabo, por orden personal de Hitler, 24 horas después del atentado. Todos sabían que tendría lugar la represalia, pero lo que se desconocía era su naturaleza. Todos los esfuerzos de eclesiásticos enviados por Pío XII ante varias autoridades alemanas fracasaron porque no se logró contactar con ninguno a tiempo. Dos comentarios más. Cornwell se denuncia que no se publicó un informe enviado por Riegner de Suiza a Roma en las «Actas y Documentos de la Santa Sede durante la Segunda Guerra Mundial». Riegner presentó este informe al nuncio en Suiza en marzo de 1942, o sea, pocos meses después de la Conferencia de Wannsee (20 de enero de 1942). Este informe llegó al Vaticano sólo en octubre de 1942, come se dice en la consignación del nuncio publicada en las «Actas y Documentos», donde se habla del informe de Riegner. Sin embargo, teniendo en cuenta el hecho --tan frecuente en tiempo de guerra--, que no era posible comprobar si los hechos señalados en el informe eran objetivamente verdaderos, el Departamento de Estado de EE. UU. había manifestado dudas sobre este tipo de informes y pidió al Vaticano que los verificara. El segundo hecho está relacionado con una entrevista que el diplomático de EE. UU. Sr. Tittman tuvo con el Papa Pío XII. Cornwell se concentra mucho en este asunto. Dice que esta entrevista tuvo lugar el 18 de octubre de 1943 --pocos días después del acorralamiento de 1.000 judíos. Cornwell acusa a Pío XII de estar tan poco preocupado por el destino de los judíos que ni siquiera los mencionó. Pero toda la polémica es inconsistente. De hecho, el informe de Tillerman, donde dice haber tenido una entrevista con Pío XII «hoy», está fechada el 19 de octubre y no el 18. De hecho, incluso la fecha del 19 es errónea. La entrevista tuvo lugar el 14 de octubre. Esto es sabido por la muy precisa lista de entrevistas otorgadas a diplomáticos por Pío XII. El hecho de que esta entrevista tuvo lugar el 14 de octubre (catorce) está registrado en dos volúmenes diferentes de las «Actas y Documentos», que Cornwell cita en su escasa lista de archivos, pero que nunca ha leído correctamente, si es que los ha leído. Pío XII, ¿el Papa de
Hitler? Pío XII y el Comunismo Pío XII y la llamada política de apaciguamiento con respecto a Hitler Ya me he referido al papel que desempeñó Pacelli en el proyecto de la encíclica "Mit brennender Sorge." También me referí a sus discursos como legado papal en Lourdes, Paris, Budapest, etc. En línea con el protocolo, un nuevo Papa informa, a todos los gobiernos con quienes la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas, que ha tendio lugar esta elección. Por tanto, fue necesaria una nota personal de Pío XII a Hitler. El tono es moderado. En el momento más exitoso del Kulturkampf, el recien-electo León XIII envió un mensaje parecido a la Alemania de Bismarck, que disminuyó las tensiones. Un gesto similar debía hacer Pío XII, aunque no tenía ilusiones. Dijo: Debemos mostrar que queremos paz; si el otro lado no quiere paz, combatiremos. Hablando de este apaciguamineto, se debe preguntar sobre las acciones de Inglaterra y Francia. Desde el comienzo, estas (naciones) hicieron concesiones a Hitler que obstinadamente se rehusaron a hacer a los gobiernos democráticos de Alemania antes de Hitler. Inglaterra y Francia consistentemente hicieron concesiones a Hitler (la ocupación del territorio desmilitarizado de la ribera occidental del Rhine; el acuerdo "Fleet" entre Inglaterra y Alemania, la introducción de la conscripción militar, es decir, servicio militar obligatorio de todos los jóvenes alemanes). Pero, más que nada, con la encíclica "Mit brennender Sorge" de 1937 la Santa Sede había denunciado en la forma más clara y aguda posible que Hitler no era honesto y que tratados firmados por el no tenían valor alguno. Pero sólo un año más tarde, en 1938, tuvo lugar la infortunada Conferencia de Munich (Inglaterra, Francia, Italia, Alemania). El Sr. Neville Chamberlain y el Sr. Daladier confiadamente anunciaron que ahora habría "Paz en nuestro tiempo, y paz para siempre!" Pío XII y otras actividades.
Cornwell y el carácter de
Pío XII Cornwell habla del «narcisismo» de Pío XII. Francamente no puedo ver cómo esta escandalosa declaración podría justificarse. Pío XII odiaba ser fotografiado; se sometía a lo que para él era desagradable porque tanta gente quería su fotografía y por bondad, no quería desilusionarles. El uso de las fuentes Sin duda Cornwell había oído hablar del libro del judío húngaro, Jeno Lavai. El prólogo y epílogo de este libro fueron escritos por el Dr. Robert Kempner, el Fiscal General Adjunto de los Estados Unidos de América en los juicios de Nuremberg. Kempner refuta los ataques contra Pío XII y su juicio sobre la conducta del Papa durante la Segunda Guerra Mundial y sobre su decisión de abstenerse de protestar abiertamente contra la persecución de los judíos para ayudarles mas eficazmente es totalmente positivo. Dadas las circunstancias, Kempner era consciente de lo que realmente podía hacer; su juicio debe tomarse en serio. Pero Cornwell omite esto por razones obvias. Cornwell no da la debida importancia al hecho que la Cruz Roja Internacional (con sede en una Suiza neutral) optó por la misma decisión que tomó Pío XII e igualmente decidió abstenerse de pronunciar fuertes protestas para no perjudicar las acciones secretas y silenciosas de ayuda a los judíos. Lo mismo puede decirse del recién creado Consejo Ecuménico de Iglesias Cristianas (también situado en la Suiza neutral). En el libro, se encuentran muchas veces estas entradas: «citado por » Esto quiere decir que las fuentes originales no han sido consultadas y que en gran parte se han consultado fuentes secundarias. No nos encontramos, por tanto, ante una investigación científica. El fenómeno «citado por » se aplica muy frecuentemente a la obra de Llaus Scholder que ha sido duramente criticada por varias razones. Scholder, es descalificado en gran parte por las obras de referencia de Volk sobre los Concordatos con Baviera y Alemania nazista (20 de julio de 1933). Sin embargo, aunque esto es bien sabido, Cornwell prefiere citar a Scholder y no a Volk, evidentemente porque le conviene a su tesis contra Pacelli, nuncio, y más tarde Secretario de Estado. Cornwell parece confiar ciegamente en lo que se publica en las memorias deldifunto Dr. Bruning. Éste hombre fue Canciller de Alemania durante los años1930-1932, en una situación desesperante (después del Viernes Negro tuvoque afrontar la crisis económica de 1929, la retirada de préstamos hechos aAlemania por países extranjeros, los millones de puestos de trabajo perdidos, la bancarrota de muchos bancos y empresas alemanes..). Bruning hizo lo que pudo, pero también cometió serios errores económicos. En 1932 su gabinete fue destituido y esto lo traumatizó para el resto de su vida. Culpó a monseñor Kaas como corresponsable de su destitución y, dado que Kaas trabajaba con Pacelli, su aversión patológica a Kaas se extendió también a Pacelli. Bruning, que todavía era xanciller, pero con demasiado trabajo y en un estado altamente nervioso, también tuvo un tormentoso encuentro con Pacelli, como él mismo dice. Cuando años más tarde Bruning escribió sus memorias, lo hizo con su personalidad resentida y frustrada. Subjetivamente, su honestidad no puede ser interpelada, pero expertos altamente calificados justificadamente han puesto en duda la verdad objetiva de sus memorias. Cornwell cita estas memorias sin ojo crítico. Cornwell reclama haber estudiado todas las Actas de la encuesta canónica hecha sobre la beatificación de Pío XII. Omite completamente los juicios positivos de todos estos testigos y esto no es honesto. Ciegamente confía en la deposición de una hermana de Pío XII que sólo dice cosas buenas de su hermano, pero es muy hostil en cuanto a la Madre Pascalina. Cualquier persona objetiva se puede dar cuenta que de que sentía envidia por la Madre Pascalina, que tenía trato diario con Pacelli, secretario de Estado y Papa, mientras que ella misma veía en muy pocas ocasiones a su hermano. Su acusación de que Pascalina vino de Berlin a Roma sin ser invitada por Pacelli y sin el permiso de sus propias superioras es, por supuesto, absurda, pero Cornwell una vez más y por razones obvias, acepta esta declaración sin reserva. Después de que Rolf Hochhuth presentó su obra «El Vicario», en 1963, el cardenal Montini (más tarde Pablo VI) escribió una fuerte carta en defensa de Pío XII, pocos días antes de que él mismo fuera electo Papa. Esta carta fue publicada en «The Tablet» pocos días después de la elección de Montini al papado. También fue publicada en «La Civiltà Cattolica» entre otras revistas. Juan XXIII siempre expresó un gran aprecio por Pío XII. Y en su último viaje a Africa, Juan Pablo II lo llamó un gran Papa. Cuando un periodista le preguntó por el (supuesto) «silencio» sobre el Holocausto por parte de Pío XII, Juan Pablo II reaccionó agudamente y aconsejó al periodista que leyera las obras del padre Blet que acaba de publicar una clara defensa de Pío XII. Hace unos meses el cardenal Angelo Sodano, Secretario de Estado, reaccionó fuertemente contra las calumnias hechas contra Pío XII, y la «sottile persecuzione» (la sutil persecución) de éste, que en verdad se basa en una falsificación deliberada de la historia. Cornwell o ignora o minimiza tales declaraciones, como así también menosprecia el hecho de que en el documento «Nos Recordamos - Una reflexión sobre la Shoa», existe una nota extensa en defensa de Pío XII. Sin duda Cornwell era consciente de los obituarios publicados por el «Sunday Times» en Inglaterra y otras partes. Cornwell sabía lo que escribió el Mariscal Montgomery --de carácter difícil--, en el «Sunday Times» del 12 de octubre de 1958 sobre sus frecuentes audiencias privadas con Pío XII. Montgomery, un anglicano convencido e hijo de un obispo anglicano, tenía una amistad tan profunda con Pío XII que en su dormitorio (el de Montgomery) tenía dos fotografías: una de su padre y la otra de Pío XII. Cornwell también se refiere a menudo a Sir D'Arcy Osborne, el representante inglés ante la Santa Sede, pero no dice que este diplomático, quien durante la Segunda Guerra Mundial vivió en el Vaticano, consideraba a Pío XII la persona más santa que había tenido el privilegio de conocer en su larga vida y que confió en una carta privada que sentía no ser católico para poder recibir la Santa Comunión de manos de Pío XII. Muchos otros testimonios podrían ser añadidos, como el de Evelyn Waugh entre otros tantos, de personas distinguidas y honestas. Si se toma en cuenta todo esto, uno se siente obligado a decir que el libro de Cornwell busca hacer un linchamiento moral y un auténtico asesinato de carácter. Su Pío XII no es «el Papa de Hitler»; es un Pío XII ficticio, una fea caricatura de un hombre noble y santo. Conclusión
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