EDITORIAL
La muerte fecunda

08/01/2004

 

La muerte es la realidad objetiva de todo hombre. Nadie, absolutamente nadie, puede negar esta evidencia. Y esto es decir mucho en unos tiempos donde cualquier afirmación tiene un sentido relativo. La muerte es, por tanto, el encuentro con la realidad última del hombre, y esto es verdad para todos. Después unos considerarán que ella nos abre a una dimensión definitiva y al encuentro con Dios. Para otros, será el fin absoluto, inapelable. La nada. Pero hasta allí todos coincidiremos en el fin de nuestra vida. Por eso es tan determinante el testimonio ante la muerte, la actitud ante ella. Todo sería muy distinto si, en nuestra sociedad, cada uno de nosotros estuviera educado y fuera capaz de vivir la alegría de cada día sabiendo que ella existe y que forma parte de nuestra condición. Pero no es así. Nunca como en nuestro tiempo la muerte y su sentido nos es hurtada, maquillada. Se intenta reducir a un instante. Se vive mientras tanto como si sólo pudiera sucederle a los demás. Unos la temen terriblemente; otros temen sus prolegómenos, el dolor, la enfermedad.

Recuperar el sentido de la vida significa, al mismo tiempo, recuperar el sentido de la muerte, y lo uno no será posible sin lo otro. La nuestra será una sociedad cada vez con menos sentido si sus hombres y mujeres no somos capaces de entender el sentido del buen morir, que no debe ser otra cosa que el colofón de la vida buena, vivida en la plenitud de sentido. Y esta carencia evidente que padece nuestro tiempo puede ser una de las necesarias aportaciones que los cristianos podemos llevar a cabo. Y esto es evidente que no es teoría. Ahora mismo la diócesis de Barcelona está conmovida por el testimonio de una mujer, Rosa Deulofeu, que a lo largo de medio año ha vivido frente a la muerte de una manera tal que ha sembrado vida, ilusión, esperanza y sentido en todo su entorno, y ello hasta el último instante. La muerte así vivida es enormemente fecunda. Lo difícil es llegar a ser como ella, como Rosa.

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