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"Ahora tenemos que enterrar tu cuerpo, pero no enterraremos nunca tu mensaje". Esta frase, pronunciada por el obispo auxiliar de Barcelona Joan Carrera el miércoles 7 de enero al final de la Misa funeral, resume muy bien la huella que Rosa Deulofeu ha dejado en su Iglesia diocesana tras morir el lunes 5 a la edad de 44 años. Al margen de su importante labor como delegada de Pastoral de Juventud, nombrada por el cardenal Ricard Maria Carles a principios de los años 90, y también como presidenta del Moviment de Centres d'Esplai Cristians de la Fundación Pere Tarrés, esta ejemplar portavoz de la fe ha dado ejemplo, durante los últimos 8 meses, de aceptación cristiana ante la grave enfermedad que ha acabado con su vida. Hasta el último momento, rezó al Dios en cuyas manos se sentía "más que nunca". "Deseo de todo corazón que la diócesis viva un inicio de curso lleno de bondad, de aprecio, de reconciliación, de coraje evangélico, de esperanza, de ilusión, de pasión por la evangelización..., llenos de la Palabra de Dios". Esta reflexión escrita por la propia Rosa Deulofeu, leída públicamente a finales de septiembre durante una oración cuando acababa de conocerse la gravedad de la enfermedad, tuvo muchos ecos durante la Eucaristía exequial, celebrada en la parroquia barcelonesa de San Agustín. En ese momento triste pero intenso, centenares y quizá miles de personas de todos los carismas eclesiales se sintieron interpelados (una palabra que Rosa utilizaba con frecuencia desde una profunda humildad) por un verdadero llamamiento a la comunión, desde la diversidad pero con un único horizonte: Jesucristo representado en el arzobispo, que es el sucesor de los primeros apóstoles y, por tanto, el pastor de toda la comunidad eclesial, de todos los que viven el sentido de pertenencia a la Iglesia. Rosa transmitía entusiasmo. Saludarla por primera vez fue, para mí y seguramente para todos los que la conocieron, ganar una nueva hermana. Y a partir de aquel momento del primer saludo, todo era confianza, amor, alegría, esperanza y fidelidad a Jesucristo. Estuvo implicada en la puesta en marcha de numerosas iniciativas más o menos recientes, desde el Movimiento Cristiano de Jóvenes hasta el Servicio Diocesano para el Catecumenado, pasando por la organización del Encuentro Europeo de la Comunidad de Taizé a finales de 2000 en Barcelona o la preparación del popular Aplec de l'Esperit (Encuentro del Espíritu), sobre todo en los años 1998 y 2002. En el año 1995, en una conferencia cuaresmal en el templo barcelonés de la Sagrada Familia, recordó a decenas de jóvenes que la escuchaban que la conversión es, sencillamente, "abrir el corazón a Dios". Oírlo fue muy bonito, pero todavía ha sido más importante ver esta frase reflejada en cada encuentro personal con ella. Los días 3 y 4 de mayo, Rosa Deulofeu estuvo en Madrid encabezando un grupo de la diócesis de Barcelona que quiso participar en el encuentro con el Papa Juan Pablo II. Pocos días después, desprendía la alegría de siempre. "Llevo el moreno de Cuatro Vientos y, aunque estoy muy cansada, tengo la misma ilusión de siempre", comentó en un encuentro para valorar aquella experiencia. Rosa Deulofeu fue, como el Santo Padre y hasta el final de su vida en este mundo, una persona de proyectos. Incluso aunque tengamos algo de fe, humanamente cuesta entender que Dios haya querido llevársela. Su cuerpo ya no está con nosotros, pero su testimonio permanece, igual que su amor expresado en aquella carta leída a finales de septiembre: leer aquí.
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