Si por los calcetines fuera, todos seriamos cojos.
Es su rencor por tenerlos siempre en nuestros pies. Los calcetines y los pies se
llevan mal desde siempre, acaban el día pegados, sintiendo un placer mutuo al
separarse por las noches, una vez libre de los cazados, así como los pies
tienden a permanecer unidos de por vida, salvo accidente.
Los calcetines son muy propensos a separarse, no
hay gemelos que se lleven peor, y más ahora, cuando por inseminación
del mercado, llegan por parto múltiple de cuatro en cuatro o de seis en seis.
Hay un calcetín que siempre tarde en aparecer y eso ya les ocurría incluso a
las personas metódicas que metían cada calcetín en su zapato con vistas a ser
reutilizado.
Una vez van a dar al cesto de la ropa sucia o al bombo de la lavadora, los calcetines como las parejas solo se juntan en el infinito, nunca antes.
En la experiencia del lavado los calcetines se separan, en el gozo del aclarado
se distancian, en la carrera loca del centrifugado sigue cada uno su camino y al
final cada uno acaba tendido al sol separado el uno del otro, salvo ese calcetín
accidentado que pierde pie y cae al vació o ese otro suicida que se suelta
porque no aguanta mas la presión de la pinza.
La venganza por la dura vida que se hace llevar a los calcetines llega en esa
hora acumuladas al trabajo y arrancada al descanso en que hay que emparejarlos
de nuevo, distinguiéndolos por sus
elásticos. Por sus remates, por sus colores, por su algodón, su lana, su lycra,
su estampación, su talla, en una de las tareas más estúpidas y aburridas que
se conocen.
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